Había una vez una abuela a la que sus bisnietos llamaban "la abuela chiquitita", pues era realmente pequeñita de estatura. Estaba muy encorvada, siempre vestida de negro. En vez de meter los bajos a la ropa, como hacemos las madres con los pantalones de los hijos, ella iba sacándolos. Parecía que según se iba hacidendo más y más viejita iba recuperando su tamaño de niña.
La abuela chiquitita nació en un pueblo llamado Madrigal de las Altas Torres, en Valladolid. Una procedencia muy humilde, aunque sorprendentemente había tenido allí una maestra que le enseñó a leer y escribir. Todo un lujo en un país poseedor entonces de unos índices de analbabetismo salvajes.
Llegó a Madrid con sus padres y su hermano en un carro con los pocos animales que tuvieran: una cabra, una gallina. Pero ella estaba tan contenta. Desde entonces decía que ella era de Madrid y sólo de Madrid.
Aprendió a coser y fue "modistilla". Una de sus maestras de costura fue de dama de compañía (o como se llamase ese cargo) de una noble señora en el primer y último viaje del Titanic. Pero no sé qué fue de ellas. La abuelita chiquitita se pasaba el pañuelo por los ojos cuando lo contaba. "Pobrecita", decía, refiriéndose a su maestra.
Esta abuelita estuvo sirviendo en casa de unos señores muy pudientes, que le regalaban sombreros -imagino que los que a la señora ya no le hacían falta- en unos estuches muy elegantes. Y cosas así. Luego conoció al que sería su marido, el abuelo. Tuvieron cinco hijos, algunos nacieron justo durante la Guerra y otros en la postguerra.
